Por: Yanny Iriarte, Supervisora Psicosocial del programa Camino de Oportunidades
Cuando trabajas en territorios golpeados por la pobreza extrema, la exclusión y el conflicto, aprendes que el dolor más profundo no siempre es el hambre o la falta de ingresos, sino la soledad. La sensación de no importar. De no ser visto. Como supervisora psicosocial en Opportunity International Colombia, he visto cómo el simple acto de escuchar puede convertirse en una herramienta de transformación muy poderosa.
Las comunidades crecen cuando se establece una conexión auténtica. Me refiero a que una conexión genuina basada en el respeto, la empatía y un propósito compartido es lo que transforma a individuos aislados en un vecindario o comunidad resiliente.
Construir conexiones comunitarias significativas, especialmente entre grupos que han sido históricamente marginados u olvidados, requiere tres elementos esenciales. El primero es la sensibilidad cultural, que promueve la inclusión y el respeto mutuo. En este sentido, se debe honrar la historia, los valores y las formas de relacionamiento de cada individuo. Esto significa escuchar con atención, observar las costumbres locales y adaptar nuestro lenguaje y nuestras prácticas para que las personas se sientan vistas y comprendidas. El segundo elemento es la escucha activa, que comienza cuando prestamos total y verdadera atención a lo que dicen los participantes y a lo que quizá no dicen (lo que no se atreven a mencionar). Entonces, ¿cuáles son los elementos para generar estos espacios? Bueno, podemos hacerlo a través de reuniones comunitarias, grupos focales, programas sociales o simplemente caminando juntos por el barrio, reconociendo la comunidad, haciendo preguntas, escuchando y animándolos a participar en la conversación. El tercer elemento es un enfoque basado en la equidad y la confianza, es decir, las personas necesitan saber que nuestro trabajo es justo y transparente. Construimos confianza manteniéndonos presentes, otorgándoles una verdadera participación en los procesos, involucrando a los miembros de la comunidad en roles de liderazgo y cumpliendo con nuestros compromisos.
En este sentido, aplicar estos principios se traduce en acciones como:
- Organizar reuniones comunitarias regulares y grupos focales para codiagnosticar necesidades.
- Mantener una presencia institucional constante, invitando a los participantes a la toma de decisiones y compartiendo información de forma abierta.
- Formar alianzas horizontales en las que el personal del programa y los miembros de la comunidad trabajen codo con codo.
- Facilitar intercambios de conocimientos y mesas de diálogo para que las voces de la comunidad orienten nuestros próximos pasos.
De este modo, cuando abordamos nuestro trabajo de esta manera, vemos que las conexiones se profundizan. Los vecinos comienzan a apoyar las ideas de los demás, los conflictos se resuelven conjuntamente y la solución colectiva de problemas se convierte en la norma. ¡Esa es la verdadera promesa del empoderamiento comunitario!
En Camino de Oportunidades, no llegamos con soluciones prefabricadas. Llegamos con una disposición genuina a conocer las historias, los contextos, los silencios y los sueños de cada familia. Entendemos que sanar una comunidad empieza por crear espacios donde las personas puedan volver a confiar. No solo en nosotros, sino en ellas mismas y en su entorno.
Una de las historias que más me ha marcado como profesional es la de Felipa Blanco. Felipa vive en una de las zonas más vulnerables de Cartagena, bordeada por la Ciénaga de la Virgen. Ha enfrentado circunstancias durísimas, criando sola a su hija y luchando a diario por sobrevivir. Cuando la conocí, cargaba no solo con la responsabilidad económica de su hogar, sino también con años de frustración, miedo y silenciosa esperanza.


Felipa no necesitaba caridad. Necesitaba herramientas, confianza y alguien que la escuchara sin juzgarla. A través del acompañamiento psicosocial del programa, los talleres de Caminos al Bienestar y el trabajo en comunidad, comenzó a sanar emocionalmente, a reconocer sus capacidades y a visualizar un nuevo propósito.
Hoy, Felipa lidera su restaurante “El Sabor de Felipa”, ha dado empleo a otra mujer de su comunidad y fue invitada como oradora en nuestros bootcamps de la segunda cohorte. Su historia no es solo un testimonio de emprendimiento exitoso. Es prueba de lo que sucede cuando una mujer vuelve a creer en sí misma y se sabe parte de algo más grande.
Como equipo psicosocial, nuestra labor es compleja y profundamente humana. Escuchamos historias de dolor, pero también acompañamos procesos de reconstrucción. Creamos espacios de diálogo comunitario, promovemos la participación equitativa, y trabajamos con enfoque de género, cultural y emocional. No se trata de imponer, sino de co-construir. No se trata de intervenir, sino de caminar al lado.
Lo vemos en casos como el de Felipa, pero también en muchas otras mujeres que al inicio del programa no hablaban en público, no participaban en ninguna actividad comunitaria y no creían que su vida pudiera cambiar. Hoy lideran grupos, movilizan a sus vecinas y abren espacios para otras.
En este proceso, hemos aprendido que el desarrollo sostenible no ocurre sin salud emocional. Que no puede haber inclusión sin escucha activa. Que la dignidad no se otorga, se reconoce. Y que ningún modelo técnico de intervención social tiene impacto si no está sostenido por vínculos reales, consistentes y respetuosos.
En Opportunity International Colombia, construir comunidad es más que una meta. Es nuestra metodología. Es nuestro lenguaje. Porque cuando una persona se siente vista, comprendida y acompañada, ocurre algo extraordinario: empieza a escribir una historia distinta para sí misma, su familia y su entorno.
Escuchar no es un paso más. Es el punto de partida. Porque toda transformación social comienza con una conversación honesta… y con alguien que crea en ti.